8 de diciembre de 2015

El mausoleo de los repatriados de ultramar


Al final de unas escaleras descendentes de este lugar poco frecuentado, nos espera una puerta de hierro. Tras ella una serie de estancias, cada una más honda que la otra, con las paredes cubiertas por los modestos nichos...



Tras ella una serie de estancias, cada una más honda que la otra, con las paredes cubiertas por los modestos nichos de 732 soldados, según una placa interior, 726 según la placa más antigua o 734 según una tercera placa. Eso sí, todos muertos en las campañas de Cuba y Filipinas. En algunos muros hay inscripciones a lápiz de la década de 1920 y de la posguerra.




Son sencillos mensajes de recuerdo, realizados de forma espontánea. También hay algunas manchas de sangre en el suelo. Pero no se alarmen, los gatos que habitan este camposanto vienen aquí a comerse las palomas que cazan. Absténganse de llamar todavía al parapsicólogo de guardia.




En su origen, este panteón fue costeado por el Ayuntamiento de Barcelona en 1897, en plena guerra, con el fin de acoger a aquellos militares que hubiesen muerto solos en algún hospital de la capital catalana, lejos de sus familias, tras regresar malheridos de ultramar.




Aunque hasta 1904 no sería inaugurado, siendo por fin agrupados los restos que guarda, que se hallaban esparcidos en otros cementerios de la ciudad. En aquel conflicto -llamado por los norteamericanos A splendid little war-, Cataluña sufrió más de 3.000 bajas, el 36% de las cuales eran de Barcelona.




Tanto el Hospital Militar como otros centros asistenciales se vieron desbordados por la llegada de miles de enfermos, mientras que las calles se llenaban de pedigüeños con raído uniforme, testigos de la frágil organización del ejército.




El proyecto lo llevó a cabo el arquitecto Pedro Falques, autor también de las farolas del paseo de Gràcia, del mercado de Sants y del monumento a Pitarra en La Rambla. Como curiosidad, fue edificado en piedra procedente de la cantera del cementerio de Montjuïc, y así todo quedaba en casa. Hasta la Guerra Civil, cada día de los difuntos estas estancias se llenaban de ramos de flores y las asociaciones de veteranos acudían a mostrar su respeto, algunos con sus viejos uniformes de rayadillo. Pero pasó el tiempo y aquella contienda cayó en el olvido.




La fiereza y la sangre de las batallas dejaron paso al actual monumento, recóndito y esquivo, tomando el sol junto a palmas y loros. Una empleada municipal viene de vez en cuando a limpiar su entrada.


Uno de los 4 tragaluces del mausoleo, visto desde dentro

Barcelona ha guardado muy poca memoria de aquellos años. Apenas el minúsculo barrio de los Indianos, en el barrio de Sant Andreu del Palomar, con calles tan sonoras como las de Cienfuegos, de Matanzas o de la Manigua.

(Curioso dato, Pablo RS [-yo, el autor de esta web de fotografía-], vivo en una de las calles mencionadas en el artículo)





 El otro recuerdo aún es más intangible y fugaz: Barcelona fue la primera capital europea donde se probó el cubalibre.


La inscripción de la foto de arriba de las rosas... "Un Romualdo como tu te admira y reza una oración por tu alma. Año 1995"

Sabido es que la derrota es huérfana y poco dada a estatuas y efusiones.





Por ello, más allá de la anécdota, este mausoleo en forma de fortín resulta ser el único testimonio de una época, cuando España sufría su crisis del 98, Cataluña despertaba al sueño nacional y Estados Unidos se imponía como potencia indiscutible del planeta. Cómo ha cambiado todo, ¿verdad?






Información y texto extraído de la edición impresa de El País, del artículo "Fortines caribeños" 12/8/2010 (Por Xavier Theros)

Reportaje realizado por:
-- Pablo Rodriguez S. --
Fotografías y vídeo © Olvidado y decadente
Realizadas en febrero de 2014
Todos los derechos reservados


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